¿Pueden los psicodélicos ayudar a tratar trastornos mentales?

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Elvira Andújar

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La palabra “psicodelia” en castellano procede del inglés psychedelia, formado por las palabras griegas ψυχή, “alma”, y δήλομαι, “manifestar”. Humphry Osmond acuñó este término en el año 1956, bajo el significado de “qué manifiesta el alma”. Está fuertemente asociada al uso de sustancias psicodélicas, también llamadas enteógenas. Existe una gran variedad de éstas, como el LSD, los hongos alucinógenos o el MDMA, que son algunas de las más populares. Su distinta composición química origina actuaciones diferentes en el cerebro, ya que no afectan a las mismas partes. Sin embargo, en líneas generales, influyen en los receptores de serotonina, sustancia conocida popularmente como “la molécula de la felicidad”, ya que es la encargada de producir esta emoción.

Aunque estas sustancias han sido fuertemente asociadas por el público a la cultura hippie, se han usado con anterioridad para una multitud de fines. Además del uso recreativo, han sido incluidas en diversos sacramentos o rituales. De hecho, estas sustancias se sitúan en la base del chamanismo, considerada por algunos la religión más antigua del mundo. En este culto, los enteógenos son sagrados, y utilizados como un puente de acceso al mundo de los dioses y los ancestros. Tan importante ha sido su papel, que la existencia de muchas culturas y civilizaciones se ve ligada a estas plantas. Incluso aunque pudieran ser usadas también como ocio, se les atribuía un poder divino, debido a sus efectos, por lo que se les profesaban gran devoción y respeto.

Partiendo de sus usos mágicos, durante los años 50 y 60, se emprendió un viaje hacia la clasificación de todas las sustancias psicoactivas. Este proceso sirvió de gran ayuda al nacimiento de la neurociencia, ya que por esta época se comenzaban a sentar las bases biológicas de distintos trastornos mentales, así como la psicofarmacología.Tras el descubrimiento accidental del LSD, se comenzó a estudiar la posibilidad de usarlo como fármaco para distintas afecciones, dando lugar a muchísimas publicaciones que hablaban de sus posibles aplicaciones. Debido a los problemas éticos que generaba la conocida “guerra contra la droga” que se inició en EEUU (donde se llevaban a cabo la mayoría de estos estudios) en 1950, no se llegó más allá de unos primeros prometedores intentos, y esta línea de investigación se hizo a un lado mientras la comunidad científica se interesaba por nuevos temas.

Años más tarde, se ha vuelto a revivir el interés por las sustancias psicoactivas, en este caso relacionadas con el tratamiento de distintos trastornos mentales. A pesar de la existencia de una amplia variedad de medicamentos efectivos (antipsicóticos, estabilizadores de emociones, ansiolíticos o antidepresivos), existe un número de personas resistentes a ellos, o que no pueden tolerar los efectos adversos que estos producen. Enfocada a éstos se desarrolla la conocida “psicoterapia asistida”, un tratamiento que combina las sustancias enteógenas con sesiones de psicoterapia. Es importante recalcar que el mero uso de la droga no provoca mejoras en la salud mental, sino que se postula como una especie de catalizador que puede impulsar los beneficios de la terapia impartida por el psicólogo. También se señala que quizás la vivencia de la experiencia es lo que ayuda a mejorar, no tanto el solo efecto de la droga. Es decir, no se trata de sustituir una droga (como puede ser un antidepresivo) por otra más efectiva, sino que se ayudan a integrar una serie de ideas y sensaciones que benefician al paciente.

“Las investigaciones llevadas a cabo hasta ahora muestran resultados prometedores en el tratamiento de trastornos mentales”

Algunos de los estudios que se están llevando a cabo utilizan MDMA y psiloscibina (molécula que causa los efectos de los hongos alucinógenos). Las terapias con ambos tienen partes en común pero también difieren en algunos puntos, por una parte debido a su distinto mecanismo de actuación, y por otra debido a su adecuación a distintos trastornos. Ambas incluyen hablar con el terapeuta y centrarse en el mundo interior del paciente. Sin embargo, estas dos cosas ocurren en órdenes distintos en cada una: en las sesiones con MDMA se alternan momentos de conversación y otros de atención a uno mismo de forma repetida, mientras en las de psilosbicina, se habla sobre todo antes y después de sus efectos, durante los cuales se desplaza el foco de atención a uno mismo.

Pueden existir ciertas dudas sobre la capacidad de los terapeutas para llevar a cabo las sesiones, ya que no existían (hasta ahora) unas guías específicas para la terapia asistida con enteógenos. Las terapias con MDMA, por ejemplo, consisten en sesiones de 8 horas, con un enfoque menos directivo, es decir, más guiado por el paciente, y con pocas intervenciones del psicólogo, algo muy poco usual en la psicoterapia convencional. Sin embargo, los procesos que se dan en ellas, como la exposición imaginaria o la corrección de distorsiones cognitivas entre otras, ocurren igual en psicoterapia, con la simple diferencia de que en las asistidas lo hacen de forma espontánea, sin necesidad de que el psicólogo dirija tanto lo que ocurre. Las sesiones asistidas solo se producen una o dos veces, con el correspondiente periodo de tiempo entre ellas, y se acompañan de interacción con el terapeuta de la forma habitual. Es decir, el tratamiento no se limita únicamente a cuando la droga hace efecto, sino que se integra en una psicoterapia convencional, para así favorecer los resultados.

Las investigaciones llevadas a cabo hasta ahora muestran resultados prometedores en el tratamiento de trastornos mentales. La terapia con psiloscibina ha resultado beneficiosa para pacientes que sufren ansiedad a raíz de una enfermedad crítica, como es el cáncer. Los que tomaron parte en esta terapia mostraron menos niveles de ansiedad, mejor humor y mejora de la calidad de vida. También han probado ser útiles para el tratamiento del alcoholismo y tabaquismo, drogas que producen el mayor número de muertes a día de hoy.

El tratamiento asistido con MDMA está rodeado de controversia, ya que está asociada a efectos negativos producidos por su uso en entornos de alto riesgo no controlados. Sin embargo, si se examinan los estudios realizados desde los años 50 a los 70, se da un número muy pequeño de efectos adversos. Para evitarlos, se han creado unos estándares de uso para terapia, que permiten realizar experimentos sin riesgo para sus participantes. El tratamiento con MDMA parece ayudar a reducir los síntomas de personas con trastorno de estrés postraumático (TETP O PTSD). Posiblemente su adecuación a esta afección venga dada por una característica que la diferencia de otros psicodélicos, y es que su consumo aumenta notablemente la conciencia del mundo interior (pensamientos, emociones, etc). En el transcurso de las sesiones con ella, parece reducirse la actitud defensiva del paciente y la evitación, además de un recuerdo más claro de los eventos y mayor voluntad de enfrentarse a ellos. Esto hace que aquellas personas que son incapaces de procesar el trauma, se muestren más dispuestas a ello, aunque hay que resaltar que el consumo en sí no hace más fácil el proceso de enfrentarse a él.

Las explicaciones que se han dado a estos efectos beneficiosos en personas con trastorno de estrés postraumático van en varias direcciones, aunque todas coinciden con su fisiológía. Por un lado, facilitan el acercamiento a otras personas (en este caso el psicólogo), lo cual es especialmente ventajoso para personas que tienen dificultad para confiar en otros, habitual en individuos con trauma. Otra idea es que provoca el nivel de activación necesario durante el periodo de la sesión, en el cual se hace posible el cambio terapéutico. Por otro lado, también facilita revivir momentos pasados y crear nuevas asociaciones con un sentimiento de seguridad. Por último también podría deberse a que sus efectos promueven una forma de pensar más flexible y sin ataduras.

Además, se ha vuelto a abrir una línea de investigación centrada especialmente en la experiencia psicoespiritual que puede llegar a producirse cuando los psicodélicos son administrados en un ambiente óptimo. Principalmente se busca encontrar cuál es el papel que esta vivencia tiene en el cambio terapéutico. La “neuroteología” se dedica a explorar las bases neurales que provocan estos momentos de espiritualidad, y postula una especie de mecanismo innato de autocuración psicoespiritual. Podríamos denominarlo una especie de “chamanismo moderno” que utiliza los rituales enteógenos para ayudar al paciente a enfatizar la proximidad transpersonal, para fomentar la autocompasión en él y reevaluar su lugar en el mundo. Individuos sanos que fueron administrados psilosbicina en un ambiente óptimo, experimentaron un fuerte sentido de unidad y transitoriedad, de transcender el tiempo y el espacio, emociones positivas y gran conciencia de uno mismo. Estas son consideradas la base de lo que es una experiencia mística, que carga a la persona con el sentimiento de que tiene un nuevo propósito y sentido en su vida, que puede perdurar hasta un año, según un estudio de la Universidad de Johns Hopkins.

“Las drogas en sí no son las que originan la mejora, sino la integración psicológica de las experiencias, que necesita ser guiada en todo momento por un experto en un ambiente seguro”

En conclusión, esta terapia asistida con psicodélicos muestra resultados prometedores, y abre un camino que brinda la posibilidad de aliviar los síntomas de personas que no se ven beneficiadas con los tratamientos más habituales. Aún es necesario explorar esta área más a fondo, especialmente debido a los riesgos que acompañan al abuso de sustancias, y es importante destacar el mensaje de que las drogas en sí no son las que originan la mejora, sino la integración psicológica de las experiencias, que necesita ser guiada en todo momento por un experto en un ambiente seguro.