Tras la máscara: la realidad de los actores y las actrices al buscar trabajo

Fuente: Jenniffer Pincay

La cultura requiere de personas que participen en ella. Un museo sin pintores no tiene sentido, ni un grupo musical sin músicos, ni, por tanto, un escenario sin actores y actrices. El gran problema actual es que estamos tan expuestos a la cultura que parece que se olvide que debemos pagar por ella. El mundo de los actores está lleno de problemas en este aspecto: precariedad laboral, autónomos que no ganan suficiente para pagar sus cuotas mensuales, intrusismo laboral que hace que sea imposible entrar en el mercado laboral… Por eso, este reportaje trata de mostrar un recorrido acerca de todos estos aspectos que, de algún modo, taponan la carrera de actores válidos y formados, dejándolos en un vacío del que han de salir de un modo u otro. 

El teatro se amolda a los hechos, se cuestiona, hace participar al espectador de algún modo. Entrar a un teatro no es sentarse ante una escucha pasiva, lo habitual es formar parte de ello, pertenecer a la historia que se te cuenta. Teatros, públicos y privados, innovan, tratan de mostrar algo más que las tan vistas obras clásicas de Shakespeare o de Sófocles, aunque esas también tienen un espacio. Incluso Edipo Rey y Otelo tienen una revisión actual, un nuevo enfoque, un punto de vista desde la contemporaneidad. Todo eso, desde elencos de actores conocidos y otros no tanto. La corona de Edipo va de una cabeza a otra y pasa por diferentes personas. Desde aquel actor que nos recuerda a un personaje concreto de una serie que tenemos en mente, hasta aquella joven que acaba de salir de la RESAD y tuvo la oportunidad de lucirla en un escenario. 

Pero el mundo escénico no está exento del resto del mundo, y el mundo, estas últimas décadas, está tomando cambios importantes. La línea trazada entre juventud y adultez se vuelve cada vez más difusa. La edad media de emancipación en España está entre los 29 y los 32 años, muy por encima de la media europea (26 años). Además, según el estudio del CJE (Consejo de la Juventud de España) del primer semestre de 2020 acerca de la emancipación, la situación se agrava debido a la coyuntura que está dejando la crisis de la Covid-19. Esto, se une al entorno que deja la globalización: las oportunidades laborales se trasladan a otras países debido a la deslocalización, la gentrificación condena a centros de ciudades (y, cada vez más, a pueblos) a volverse casi hoteles y el precio de las viviendas y de los alquileres no para de subir.  

De este modo, la precarización entra de lleno en el sistema, se apodera del espacio de los jóvenes y hace que, paulatinamente, se convierta en la norma. Cada vez se hace más complicado mirar al futuro, pues la inestabilidad se encarna en la vida de la juventud. Y esto, en el caso de las artes escénicas, se ve de una manera muy clara por las propias características de ser actor: trabajos temporales, diferencias salariales basadas en el protagonismo, desplazamiento habitual por rodajes… 

El día a día de un actor

El actor, aquella persona que vive más bien subido a una montaña rusa. Si echamos la vista atrás podemos llegar al estudio que realizó AISGE (Artistas Intérpretes, Entidad de Gestión de Derechos de Propiedad Intelectual) en el año 2016, siendo este el último estudio realizado en profundidad acerca de la situación de este sector. 

Cuando nos sumergimos en el informe, vemos que los datos son escalofriantes. Parece que el día a día de un actor no es como se retrata en las diversas películas de Disney,  sino más bien como en la última película de Tarantino, Once upon a time in Hollywood o en el archiconocido musical La la land. Pues solo el 8’17% de los actores pueden vivir del sueldo que ganan en su profesión. Para el actor Toni Adrover, vivir del teatro es más un sueño, pese haberlo estudiado: “yo no soy un actor todo el día. Mi vida, ahora mismo, no es actuar ni dirigir, mi vida se basa en trabajar para poder vivir y actuar en mi tiempo libre e ir tirando. Es más un extra que mi trabajo habitual.” 

Además, el día a día de un actor se ve influenciado por muchos factores ajenos a la profesión: su lugar de residencia, su género y su edad son ejemplos de ello. El informe de AISGE desvela que la precariedad de la mujer es más alta (siendo esta la que más veces trabaja sin contrato y la que cobra menos) y con una tasa de desempleo de siete puntos más alta que la de los hombres. En cuanto a la edad, los datos se hacen también evidentes. La juventud es la que más trabajo tiene dentro del sector, pero también la que menos cobra. Casi el 40% de los actores menores de 35 años empleados cobran menos de 600 euros al mes. En cuanto a lo que la residencia se refiere, el 53% de actores residen en Madrid, siendo el segundo lugar Cataluña, con el 18%. Esto se traduce en que aquellas personas que decidan estudiar teatro, deberán plantearse no sólo si tendrán trabajo o no, sino también el lugar dónde vivir y estudiar, marcando una diferencia con otras profesiones. 

Con todo esto, vemos que los actores de la gran pantalla y de la alfombra roja quedan algo lejos de ser una referencia de realidad. La realidad de los actores españoles es una doble inestabilidad: por una parte, económica, y por la otra laboral. Una muestra de ello es que, como se refleja en el informe: “de entre quienes sí trabajaron como actores durante 2015, el 46 por ciento lo hizo durante menos de 30 días a lo largo de todo el año”. 

Así, algo habitual en el sector es optar por otro trabajo, como relata Toni Adrover. La situación hace que unos estudios en Arte Dramático no sean un seguro para un futuro laboral, y esto se ve acrecentado cuando entra otro factor a tener en cuenta: el intrusismo. 

Pero este no es el único obstáculo que se presenta en la búsqueda de trabajo, sino que también lo es que, continuamente, se pide a actores y actrices que trabajen sin recibir remuneración. La actriz Camí Moya, por ejemplo, explica: “¿Que si me han pedido trabajar sin cobrar? Y tanto. Pero no me han formulado así la pregunta, refiriéndome a la parte de “trabajar”. Cuando el trabajo de un actor o actriz sea valorado como es debido, dejarán de pedir “actuar” de forma gratuita, y comenzarán a pedirte “trabajar”, y como el trabajo se cobra, te pagarán. Por su parte, la actriz Laura Williams asegura que son muchos los que aceptan el trabajar sin cobrar, sobre todo, para poder empezar a ganar experiencia, aunque asume que no es como debería ser. Paola Guerra y Toni Adrover añaden en sus testimonios que, aunque trabajen las horas necesarias para sacar adelante un proyecto o un espectáculo de microteatro, a veces les han “pagado” con una cena o con un bocadillo. 

El intrusismo profesional

El intrusismo definido en la RAE como Ejercicio de actividades profesionales por persona no autorizada para ello. Puede constituir delito. Es un problema que afecta a muchas profesiones. Y, como se dice en la propia definición, puede constituir un delito. El problema al que se enfrenta la profesión de los actores es que, en su caso, no es así ya que en el sector artístico no hay requisitos establecidos para regular el trabajo en el sector. Por ello, no es necesario título no formación previa. 

Amparo Matín, representante de actores explica que el intrusismo laboral se ve más de lo que se puede imaginar, y que el problema es que la entrada de personas sin formación al mundo del teatro hace que baje el nivel esperado por las agencias, pero también va directamente en detrimento de la carrera de aquellos actores y actrices formados. La actriz Alba Iturrioz opina similar: “Hoy en día vale más cuantos seguidores tengas en Instagram. Por ejemplo, en muchos castings te lo piden directamente. Valoran más la fama que tengas que el talento. Y luego sale lo que sale. Por tanto, la gente que ha estudiado que ha invertido años, dinero y esfuerzo para nada. Para que después venga alguien más guapo y le den el papel. Si para ser médico has de tener formación, ¿por qué para esto no? Es una falta de respeto.”

Los trabajos temporales 

A través de un vídeo publicado por la AADPC, los actores Àlex Casanovas, Sara Espígul, Carlos Briones y Àngels Bassas han criticado que “el 65% de los intérpretes no consiguen trabajar más de tres meses al año”. Pero según la representante de actores Amparo Martín, esto ha cambiado desde que la Unión de Actores y Actrices lleva los derechos y de las jubilaciones del sector está “un poco mejor el tema”. Y esto sucede porque, según la Unión, realmente no son trabajos temporales, los actores, al trabajar obra por obra, trabajan con contratos discontinuos. Por ello, como se ha comentado, muchos actores optan por buscar un segundo trabajo para poder subsistir. 

Qué piensan las salas sobre esto

Las salas de teatro notan todo esto no solo en los ingresos que acaban recibiendo, sino también en el número de propuestas para la creación de la programación, el público que asiste, el número de pases por cada una de las actuaciones… Y, si bien la pandemia ha hecho un daño irreparable a las salas de teatro, y al mundo de la cultura en general, Marquel Gamboa, trabajador en el Teatro de Barrio de Madrid, explica que los aforos estos últimos meses han sido buenos, y que “el público, ahora, con el 75% de aforo, está respondiendo muy bien, se notan las ganas de apoyar la cultura”. Sin embargo, también deja ver los problemas que conllevan las premisas iniciales, pues afirma que “una sala solo con la taquilla no se puede sostener, necesita de ayudas económicas, subvenciones, etc”. Por su parte, Joan Gomila, director de la Sala Fornal, en Mallorca, el público, efectivamente, responde bien a la programación, tratando (en una situación anterior al COVID, trabajaban con aforos del 80% más o menos, que, en su caso, son unas 40 personas por acto. Pero, a su vez, añade que las salas pequeñas dependen directamente de las instituciones, y que, por ello, actualmente estamos ante una situación muy grave. 

El teatro como entretenimiento o como política

Pero además, el teatro, nada ajeno a las problemáticas sociales, también participa de ellas. En las obras teatrales no se representan solo aquellos clásicos que conocemos, ni escenas de una comedia familiar. En el escenario también cabe la crítica, cabe la manifestación política a través de guiones de dramaturgos y sociólogos. En el escenario se representan también aquellas demandas sociales que están a la orden del día. En su momento, la película- documental Noviembre marcó una muestra y referente en el teatro protesta. Ahora, obras como Lehman Trilogy o Velorium, junto con muchas más, muestran realidades de la dureza, el cinismo y la deshumanización que sufre nuestra sociedad.

Y parte de los actores y actrices de este país lo saben, y lo llevan a cabo a modo de reivindicación. Salas como la Sala Russafa que en 2014 mostró al país su interpretación de Alice in Wonderland tratando así la precariedad de los trabajos de la juventud. Estas salas se encargan de mostrar la realidad del país, y en concreto del colectivo actoral. Por ejemplo, la sección “Teatro Precario” de Maxi Rodríguez dentro de la revista asturiana Atlántica XXII fue un ejemplo claro del teatro protesta. En cada número, un pequeño texto de Rodríguez asomaba en forma de obra teatral narrando una de las escenas más precarias del país como el 15M, el aumento del paro, el declive de la economía, la subida de los precios de la luz… 

De este modo, el teatro pasa a formar parte también de una protesta social ante aquello que considera injusto, para la actriz Laura Williams es así: “se hace teatro para decir algo. no para criticar o decir anda político. Pero sí para decir: aquí hay algo que me gustaría cambiar. Queremos sorprender al público.” Por su parte, la actriz Paola Guerra añade “el arte es una manera de gritar, pero bello. Me parece maravilloso que con tres versos de Lorca muevas tanto a la gente.”

¿Qué piensa el público?

La realidad es que el público casi no va al teatro. El público ansía el entretenimiento, pero las formas de entretenerse van variando y cambiando, en estos últimos años, la corona ha sido y es para las plataformas de videoclubs online. Estas se hacen con gran parte del interés, dejando al teatro algo más alejado que antaño. Según una encuesta publicada por Europa Press en 2017, el 70% de la sociedad española no asiste ni una sola vez al año a ver un espectáculo de artes escénicas (incluyendo: teatro, circo, danza, ópera y zarzuela). Sin embargo, del 30% que sí lo hace, el 24% asisten al teatro. 

La Eurostat, en referencia a estas cuestiones, planteó un informe en el año 2018 publicando el gasto público cultural por habitante, en alguno de los países europeos (22 en concreto). España, muy lejos de encabezar la lista, quedó con 135 euros por habitante. Siendo así el número dieciséis en la lista, solo por encima de Reino Unido, Italia, Portugal, Bulgaria, Rumanía y Grecia (por orden, de más gasto a menos). 

Así, la realidad es que el mundo de los actores y actrices necesita de un cambio. Parece que se dan pasos en ese sentido, pues el pasado 2019 se aprobó el decreto ley conocido como el Estatuto del Artista, para tratar de regular las situaciones de inestabilidad a las que se somete casi todo el gremio. Este proceso empezó en 2015, cuando artistas, tanto actores como músicos y escritores, reivindicaron la necesidad de cambios factibles en el sector. A partir de ahí, con el apoyo de sociedades como la SGAE, y de la Unión de Actores y Actrices (que fue quién impulsó el proyecto) se fueron movilizando hasta verlo convertido en una realidad. Algunas de las premisas que se han hecho ya ley son, por ejemplo, la compatibilidad de la pensión de jubilación con la creación artística remunerada y el cobro de derechos de autor o continuar cotizando en la Seguridad Social durante los períodos de inactividad en algunos casos. Pero algo relevante es que el mismo informe y estatuto partía de la base de que, la cultura, pese a ser un bien común en la sociedad española, es un sector precario. 

Con esto, aunque evidentemente no se soluciona de raíz la cantidad de lastres que lleva el ser actor a las espaldas, sí que se palia la precariedad a la que están sometidos. Por su parte, es evidente que las estructuras mundiales cambian y que por ello, nunca hay una solución única a los problemas, pero la media de edad de emancipación es algo preocupante y que, por lo que hemos visto, no deja de crecer. Finalmente, es destacable también que el teatro cumple una función de entretenimiento, pero a su vez de alarma social, de despertador, y que, a través de escenarios, frases y, el mejor arma: la palabra, se puede conseguir que se caigan las coronas de aquellos que pretenden que el mundo continúa este ritmo de aceleración, de precariedad, y, en general, de deshumanización.