Día Internacional de la Música: La que nunca desaparece

José Francisco Maquedano

En un mundo como en el que vivimos hoy, es necesario reivindicar este día. Y no precisamente porque la música sea un arte como la pintura o la escultura, sino porque es medicina para cualquiera que la escuche. En el metro, en casa o prácticamente en cualquier situación hay una música de fondo que acompaña. No necesariamente tiene que decir algo en concreto, simplemente tranquiliza tener en la cabeza esa canción del grupo o artista favorito. Durante el confinamiento, la música ha sido prácticamente un bálsamo, una tranquilidad a la que recurrir para no desvariar más de la cuenta. 

Seguramente cualquiera que este leyendo esto, tendrá un pensamiento de esas canciones que suenan permanentemente en el reproductor de su teléfono, esos temas que se ha cansado de escuchar mil y una veces pero que sigue escuchándolos porque en realidad nunca se termina de hartar. Sin embargo, la mayoría de las personas no habrán pensado en el concierto número 5 para piano de Beethoven o en la sinfonía número 40 de Mozart como ese tipo de temas indispensables, simplemente porque la música clásica es otro rollo o según algunos “está anticuada”.

Es indudable que la música clásica no está en las listas más escuchadas de Spotify, pero si nos preguntamos por qué no se escucha prácticamente música clásica, no hay que indagar demasiado para encontrar las razones. Simplemente con tener algo de sentido común no podemos dar cuenta porque la música clásica no vende tanto como las demás. Las características cronológicas, la importancia de la presencialidad en las obras, la reproductibilidad de las nuevas tecnologías, el nuevo paradigma en la industria de la música, etc.… Sin embargo, ¿por qué ante el desolador panorama para la música clásica en la actualidad se sigue haciendo conciertos y audiciones?

La respuesta es certera a la par que sencilla. La música clásica se considera la base inexpugnable de la música que se puede escuchar hoy en día. Todo nace de la música clásica. Podríamos compararlo con un mueble de Ikea perfectamente, en el que se tienen todas las piezas del mueble y el manual de instrucciones. En este caso, el método, y la manera de montar el mueble más allá de la novedad de las piezas es la música clásica a la que nos referimos. Porque es el fundamento de todo aquello que podemos llegar a escuchar hoy. Si bien es cierto, que para escuchar música de cualquier tipo no hay que tener conocimiento, ni estudios musicales en absoluto, el hecho de tener esa base nos ayuda a entender y comprender lo que estamos escuchando.

En los conservatorios de música profesionales no se trabaja con Rosalía, se trabaja con Schumann que es lo que te va a hacer entender mejor la música contemporánea, o la música que te rodea día a día, porque te da conocimientos teóricos y prácticos de cómo hacer un arreglo musical de tu canción favorita. O quien sabe, a lo mejor el conservatorio te proporciona la oportunidad de crear ese grupo de música que dentro de varios años se escuche en todas las plataformas digitales del momento. Pero todo siempre viene del origen y del fundamento de la música clásica. 

“La música clásica me aburre”, “Las piezas duran demasiado”, “Eso es para gente muy elitista y culta” esos, entre otros comentarios, son los que más se pueden distinguir cuando abordas este tema en cualquier reunión con amigos o conocidos. Y realmente esa es la percepción de la mayoría de las personas que no se molesta en entender algo de música clásica. No es negativo en absoluto, pero ciertamente mezquino decir que la música clásica es aburrida cuando ni siquiera se han escuchado ni cinco minutos de cualquier pieza clásica. Esto también es producto de las canciones de “usar y tirar” y del mercantilismo de la música actual que busca el máximo de reproducciones posibles en el menor tiempo posible. Pero lo que hace que la música clásica siga viva, es el mismo motivo por el cual hay personas que hoy en día se lee el Quijote. Son obras que son reconocibles y que todo el mundo ha escuchado alguna vez en su vida sobre ellas y son clásicos que siempre que se leen, adquieren otro matiz relevante y algo nuevo se nos revela.

Si antes decíamos que el panorama era ciertamente desolador, en España aún más. Es duro decirlo así, pero en España la cultura no se apoya, ni se subvenciona como debería porque “hay cosas más primordiales en este momento”. La música clásica en España está muy desfigurada desde la creación de los pequeños proyectos orquestales, pasando por los músicos, solistas y directores hasta las grandes orquestas subvencionadas por el Estado. Si eres de los segundos, es decir algún músico que ha llegado a una orquesta institucional con cierto valor nacional, enhorabuena, puedes vivir justito de este noble arte. Si, por el contrario, te encuentras en el caso de los primeros, todo son problemas: conciertos cobrando una miseria o directamente sin cobrar; dificultades para encontrar ayudas económicas para tu proyecto orquestal (si eres director o directora) entre otros casos. Sin contar todas las horas de ensayos, estudio y sacrificio personal por parte de todos aquellos quienes intentan vivir del mundo de la música clásica en este país. Y todo esto sin comentar absolutamente nada del impacto que ha tenido la pandemia durante este pasado año que ha hecho estragos a todos los niveles de la sociedad. 

En definitiva, la música clásica no es el género musical que más se escucha, ni el que más convence, ni el que más músicos atrae, pero es totalmente necesaria. Y hoy, un 21 de junio conviene rescatar aquella cita de Nietzsche que dijo: “Sin la música, la vida sería un error”.